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| "Échame una mano, porfa" |
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| Escrito por Francisco Aliaga |
| Lunes, 04 de Mayo de 2009 21:40 |
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Y pensó que esas palabras que acababa de escuchar y que solo le habían servido de triste consuelo, cualquier otro año habrían colmado su espíritu de orgullo y satisfacción. Tampoco le ayudaron a conciliar el sueño los problemas que arrastraba con ella desde hacía semanas. No sabía los motivos pero últimamente pasaban de una discusión a otra sin pausa y sin una explicación coherente para ese malestar entre ambos. A tal extremo había llegado el asunto en su última riña que, a esa hora de la mañana, aún no sabía si ella iba a ver la procesión, ni siquiera tras haberle prometido, tratando de arreglar la situación, que ese año cargaba el trono solo por ella. Pues, como decía, llegó pronto, saludó a su cabo de andas y ató la almohadilla mientras iban llegando el resto de compañeros en ese mágico ambiente que se respira ese día y a esas horas en la iglesia. Colocó el capuz en su hombro, saludó a varios conocidos y rozando la sená contra otros varios se plantó ante la imagen del Cristo de La Oración. Miró atentamente el nacarado rostro de dolor de Jesús y, apoyando la mandíbula en el estante, le rezó un padrenuestro y un avemaría y le pidió que le echara una mano con esa mujer; así, natural, en un susurro, como si se lo pidiese a un colega:- “eh, tío, échame una mano, porfa”-. Hasta le dio un poco de risa de verse allí con esa pinta y pidiéndole semejante cosa al Cristo, con lo que, algo avergonzado de sí mismo, se santiguó y salió a la calle a tomarse un café antes del comienzo con la esperanza de verla entre la gente. No, no estaba y eso que aguantó hasta las ocho menos cinco en la puerta dejándose los ojos entre la multitud, por lo que entró a la Privativa para meterse en el trono con un mal presagio en el alma. El trallazo de la vara del cabo de andas y el enorme peso que se le vino encima le sacaron de sus reflexiones de forma concluyente y le recordaron dónde se encontraba y para qué. Y así cumplió una de sus ilusiones más buscadas sacando La Oración a la calle. En mitad del estruendoso aplauso de la multitud, del destemplado redoble de la burla de los tambores y los gritos de ánimo, creyó oírla y verla y comprendió que una vez más era su imaginación la que actuaba. Por eso se agarró al trono con todas sus fuerzas y se dijo a sí mismo que hasta que no la viera esa mañana no saldría de debajo de la tarima ya que así se lo había prometido la noche antes. - Hacho, ¿no vas a pedir el cambio todavía?- le volvió a preguntar el punta de tarima entre el remolino de polvo que acababa de producir el trono en la maniobra del giro de Lencería con San Nicolás. - Luego, tío, luego.- murmuró él con gesto cansado y recuperando el aliento tras el esfuerzo. Pero no pudo reprimir una sonrisa mientras el fondo de su mente le decía que el “hacho” y el “tío”, entre nazarenos estantes murcianos, vienen a significar poco más o menos “amigo mío cuyo nombre no recuerdo porque hace un año que no te he visto, te tengo confianza y estima por habernos partido los riñones juntos un montón de años bajo estas maderas”. Aseguró el estante con el pié, se acomodó el capuz y volvió a buscarla entre la multitud. No estaba, como no lo había estado en toda la carrera, así que borró de golpe la sonrisa de su cara y metió el hombro con toda la fuerza que le proporcionaba su frustración. Y así, dejándose trozos del alma por las calles de su amada Murcia, creyó verla en centenares de rostros, creyó oírla en decenas de llamadas y soñó olerla en cada parada de su trono y, llegando al borde del agotamiento, tras cinco horas de procesión, sin descansar, sin comer apenas y casi sin haber dormido la noche anterior, llegó incluso a sentir su piel en la yema de sus dedos de tanto como la añoraba. Cuando finalizó la carrera y tras la hermosa entrada en su iglesia, se dispuso a desatar su almohadilla, muy cansado y abatido. Vió entonces dirigirse hacia él a sus cabos de andas con semblante serio. Estos, dejando los cetros apoyados en el trono se le pararon enfrente y mirándolo fijamente a los ojos le dijeron: “con un par de narices, chaval. Venimos a estrechar tu mano y a darte las gracias por el esfuerzo que te hemos visto realizar durante toda la mañana y porque hoy hemos tenido el honor de dirigir el trono en el que tú has cargado”. Y diciendo esto le largaron un abrazo que le dejó de una pieza a la vez que alivió en algo la tristeza que sentía. Reflexionó unos instantes y cayó en la cuenta de que ese momento que acababa de vivir, era algo que siempre había soñado que le sucediese, pero que una vez pasado le hacía sentir de todo menos orgullo. Porque la paradoja de la situación era que esas palabras tan deseadas por cualquier nazareno de verdad, se las habían dedicado no por su nazarenía, ni por su hombría, ni por su tremenda devoción; no, esas elogiosas palabras se las había ganado únicamente por cumplir una promesa, la promesa que había hecho a una mujer. Y pensó que probablemente, habría tantas motivaciones para cargar un paso como nazarenos llevaba este debajo, o al menos eso quería creer y que, si sus motivaciones habían sido el cariño y el amor, de veras deseaba que El De Arriba lo entendiese. Así que, cabizbajo, se dirigió con su estante cargado de dátiles hacia la puerta y de pronto, al levantar la vista, la vio. Allí estaba por fin, preciosa, sonriente y radiante, iluminada por el sol de esa magnífica mañana de primavera. Y volvió a ser feliz de golpe, como si nunca hubiera pasado nada, como si hubiese vivido una pesadilla de la que le habían despertado zarandeándolo. Y cuando iba a iniciar una carrera hacia ella para abrazarla, algo le vino a la cabeza; frenó en seco, le hizo una señal con la mano para que esperase y se volvió muy despacio hacia su paso. Allí en el trono, bajo la palmera y el olivo, inmóvil por fin después de la procesión y custodiado por el extraordinario ángel, le pareció que el nacarado rostro del Cristo ya no estaba transido de dolor: en la penumbra que todo lo tamizaba tras haber mirado el resplandor de la ovalada puerta de la Iglesia, con la música de la pasión sonando a lo lejos y su corazón latiendo aceleradamente, creyó ver como aquella sagrada imagen bajaba la cabeza y con gesto irónico, le sonreía.
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